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A las 8 am del primer lunes de diciembre nos subimos a un micro en Nwang Shue, pueblo birmano. Con nosotros viajaron un sueco, un francés y una singapurense, el resto eran locales; lo cual no era nuevo para nosotros ya que veníamos recorriendo el sudeste asiático de esta forma. Tampoco las curvas y contra curvas, las frenadas de golpe, las vacas en el camino, la tele con musicales y los paisajes imponentes, lo que sí nos sorprendió fueron la cantidad y el contenido de las paradas.

 

 

A minutos de haber salido frenamos al costado de la ruta para que el conductor y sus dos ayudantes compren café. Íbamos en el segundo asiento donde veíamos todo. Ellos tranquilos, entre risas bajaban, se tomaban el cafecito como si nadie estuviese esperando y volvían al micro.  Luego de elegir el video musical, encendían el motor y seguíamos viaje. Una media hora más tarde, frenamos en un puesto de frutas y verduras al pie de la ruta. Bajaron entonces los tres compañeros y se le sumaron dos señoras, la del segundo asiento, vecino al nuestro y la del cuarto. Aprovecharon entonces y compraron berenjenas, mandarinas y lechugas. Para nuestro desconcierto, los choferes compraron cantidad de naranjas que separaron en bolsitas de plástico cuando volvieron al micro.

 

Seguimos el recorrido, intentando no marearnos y escuchando al conductor alegremente cantar, un comportamiento que no habíamos visto en estos meses asiáticos. Él y sus colegas parecían estar disfrutando su trabajo. Espontáneos estuvieron cuando sacaron una bolsa de caramelos y la repartieron con los pasajeros del micro. Cuando parecía que llegaríamos a la hora sin frenar, ahí estábamos de nuevo en otro puesto callejero parando a comprar vino. El conductor con cara de feliz cumpleaños nos ofreció una botella, mientras nos informaba que era vino local, bueno y barato. Atrás de él bajaron las infaltables del segundo y cuarto asiento.

 

Con la ruta en reparación revelamos el misterio de las naranjas. Resulta que los señores conductores habían comprado naranjas para distribuirlas en el camino entre los trabajadores de la ruta y aliviarles el trabajo bajo un sol fatal. Estos tres hombres no dejaban de asombrarnos.

 

Entrado el mediodía frenamos a almorzar, posiblemente, hasta el momento la única parada lógica, pero nosotros estábamos en un micro fuera de serie. Entre chanchos que rondaban la zona, comimos arroz blanco con pollo y volvimos al micro. Con la música sonando, los tres chiflados cantando seguimos viaje. El mapa indicaba una hora más de viaje, nosotros tardaríamos dos horas y media.


Literalmente, no pasaron más de quince minutos y frenamos a que los muchachos compren nuez de betel. Unos kilómetros más adelante, ya jugando apuestas a ver qué nos detendría, perdimos los dos al ver unas mujeres vendiendo pata de pollo presentada en un sombrero/bandeja sobre sus cabezas. Insólito, pero ahí estábamos.  Los tres conductores primeros, las dos infaltables comprando y el resto mirando. Un resto que con el transcurrir del viaje fue aumentando, porque a esta altura mencionar que cada tanto subíamos a personas que andaban por ahí es un dato menor.  Con olor a pollo y mandarina seguimos entonces nuestro camino.

 

Llegamos ahora sí a un momento sin igual, conmovedor. Nuestros increíbles choferes frenaron dos veces para subir a los niños que salían de la escuela y caminaban al costado de la ruta. Ellos felices subieron y se acomodaron en el pasillo del micro, mientras sonreían con picardía y curiosidad al ver turistas. Iban con sus caras pintadas de amarillo por el protector solar birmano y sosteniendo su picnic de lata antiguo de tres pisos. Iban con la inocencia y alegría tan única que caracteriza a los niños. A unas pocas cuadras los nenes se bajaron agradecidos con estos hombres que les habían evitado su caminata diaria y que al subir les habían regalado caramelos.

 

Otro capítulo: los huevos de codorniz. Ellos le daban oportunidad a todo vendedor. Frenaban el micro y la secuencia se repetía: las señoras bajaban, los conductores compraban y todos mirábamos. Unos minutos más tarde, frenamos en un pueblo para ver como uno de los viajeros locales se reencontraba con su mujer y su hijo en la parada, sin señalizar, del micro. También, vimos como chicos disfrazados bailaban acompañados por vacas decoradas con guirnaldas y carruajes que guiaban, lo que creemos que era, el desfile de una boda.

 

El reloj marcaba las 5pm, habíamos llegado a destino. Más tarde de lo planeado, pero siendo testigos de la generosidad de tres hombres que decidieron hacer de su día laboral un día alegre para ellos y para el resto.

 

 

 

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Somos Tamar y Lucas, una pareja argentina que vivió los últimos 3 años en Sídney, Australia. Durante ese tiempo, además de trabajar, recorrer y disfrutar de un gran país, empezamos a idear un proyecto: dar la vuelta al mundo.
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