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He aquí un relato sincero de una experiencia que aún no he logrado etiquetar. Los sabios consideran que ciertas situaciones adquieren un gusto más sabroso con el transcurso del tiempo, ojalá que esto ocurra con lo que les voy a contar, porque hasta el momento es una historia de sabor indefinido.

 

Los rayos del sol asomaban alumbrando la terminal de bus del pueblo de Dien Bien Phu, ciudad vietnamita de escaso encanto, pero que figura en los libros de historia por ser el territorio donde se derrocó a los franceses y abrió el paso a la disolución de Indochina. Más allá de este transcendental hito en la historia vietnamita, hoy en día Dien Bien Phu es la puerta para cruzar al país vecino, Laos. Con ese objetivo, a las 5am de un día común y corriente, nos subimos a una combi, pero enseguida algo olía a podrido.

 

Por la boca muere el pez y así morí yo. Maldigo la noche en la que expresé como no toleraba el olor a pescado seco que suele impregnar cada mercado del sudeste asiático. Efectivamente, había olor, un olor nauseabundo causado por las 6 bolsas arpilleras que trasladaban pescado seco. Todas amontonadas bajo nuestros pies y las del asiento vecino. Para aquel que no come pescado seco, el olor es tan inmundo que te penetra los pulmones y te retuerce los intestinos. Es tan invasivo que ni con un pañuelo cubriéndote la boca y la nariz se ignora, a lo sumo, se aliviana un poco. A las 5am con la panza vacía y un viaje de 8 horas por delante, amanecer con pescado seco es una patada al hígado.

 

 

 

La combi tenía una capacidad para 10 personas, pero ahí estábamos entre 15 locales, pescado seco y otras mercancías. No había un solo turista. Los vietnamitas y nosotros.  El conductor frenaba cada veinte minutos, ya sea para comprar canastos de fruta o para comprar pescado fresco. No solo teníamos al seco, sino que habían incorporado una caja de telgopor con peces que luchaban por sus últimos minutos de vida. Cuando no subían mercancía, bajaban los vietnamitas a hacer sus necesidades en la naturaleza, lo raro es que no se iban atrás de un arbusto, sino todo sucedía delante nuestro, al lado de la ruta, incluso cuando las protagonistas eran las mujeres.

 

Hablar de piernas acurrucadas y cuello torcido me resulta a esta altura una obviedad. Me genera más placer, contarles del paisaje fotogénico, compuesto de montañas frondosas y ríos, una visual que empiezo a disfrutar en este preciso momento que recuerdo para ustedes. Es que ahí, en la combi blanca el afuera estaba compuesto por dos cosas: curva y contra curva. Un constante vaivén abruptamente interrumpido por un conductor incapaz de pisar el freno con suavidad.

 

Cuando el camino es largo y arduo el tiempo parece no transcurrir, pero transcurre dándole fin a este viaje y a este relato con una bocanada de aire fresco, con los pies sobre la tierra y perfumada con pescado seco.

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Somos Tamar y Lucas, una pareja argentina que vivió los últimos 3 años en Sídney, Australia. Durante ese tiempo, además de trabajar, recorrer y disfrutar de un gran país, empezamos a idear un proyecto: dar la vuelta al mundo.
Hoy finalmente, lo estamos concretando.

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