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Antes de 1975 fue un colegio, un espacio para el conocimiento, la educación y cultura. Durante 1975 fue uno de los principales centros de alta seguridad de los Jemeres Rojos, un lugar donde se torturaba, humillaba y asesinaba a todo aquel considerado culpable de delitos jamás cometidos. Desde 1980, es el museo Tuol Sleng, un sitio que invita a la reflexión y que nos recuerda de las realidades más oscuras en la historia del hombre. Es también y sobre todo, un homenaje a aquellas personas que injustamente murieron.

 

Hubo una época en Camboya, antes de 1975 donde el desarrollo urbano convivía con la vida rural, donde jóvenes se graduaban con títulos universitarios. Tiempos en los que se hablaba de un florecimiento cultural. Tiempos que se congelaron con el inicio de Año Cero.

 

Año Cero empieza en abril de 1975, cuando Pol Pot, líder de los Jemeres Rojos toma el poder gubernamental, hecho que fue festejado por una gran mayoría de camboyanos. El pueblo creía que este triunfo pondría fin al insoportable sufrimiento de resistir las bombas norteamericanas lanzadas en su suelo por la Guerra de Vietnam. Año Cero porque la historia de este país se volvía a escribir. Lo que no se sabía en ese momento es que iba a ser reescrita con tinta roja, sangre derramada de sus propios habitantes.

 

El 17 de abril, los Jemeres Rojos dan la orden de desalojar Nom Pen, la capital. Nadie, absolutamente nadie, podía quedar. Todos debían caminar hacia las zonas rurales. Se dice que caminaban engañados, creyendo que volverían en tres o cuatro días, ya que se esperaba un nuevo bombardeo de Estados Unidos. Las calles quedaron vacías, las casas deshabitadas, desde los niños hasta los enfermos marcharon. El silencio ganó y durante casi 4 años Nom Pen fue una capital fantasma.

 

Esta acción daba inicio a un plan macabro ideado por Pol Pot, líder comunista, educado en Francia, asombrado con la doctrina Marxista y deslumbrado por la China de Mao Zedong. Él deseaba que la Revolución Cultural China suceda en Camboya, su Camboya a la que renombró al poco tiempo la República Democrática de Kampuchea. El país tenía que volver a sus orígenes y crecer bajo un sistema agrario. Los campesinos eran la base, los ciudadanos los enemigos del nuevo sistema. Todo aquel que venía de la urbe estaba contaminado y había que re-educarlo a través del trabajo de campo.

 

Primero se asesinó a médicos, profesores, abogados, todo aquel que resultaba por sus estudios un peligro para esta nueva sociedad, manejada por el Angkar, el gobierno de los Jemeres Rojos. Todo se hacía en nombre del Angkar. Usar anteojos para el Ankgar merecía pena de muerte, ya que era un símbolo de intelectualidad.

 

La vida en los campos era dura para todos, los recién llegados y los campesinos de siempre. Se exigían entre 12 y 14 horas de trabajo físico. La ración de arroz era un suspiro. Los enfermos, los ancianos, las madres embarazadas, los niños, todos tenían que trabajar para el Angkar y éste no tenía piedad. Comer una semilla del campo era delito, tener una cacerola merecía castigo, descansar no estaba permitido. La muerte por inanición aumentaba al igual que la paranoia de Pol Pot.

 

Pol Pot conocido como el Hermano Nº1 empezó a desconfiar de sus propios Jemeres y así fue que también sus seguidores empezaron a sufrir las torturas. Durante estos años hubieron más de 200 prisiones y campos de concentración distribuidos en Camboya.

 

En 1979, tropas vietnamitas entraron en Camboya forzando a que Pol Pot y los Jemeres Rojo dejen el poder y se refugien en la selva. Fueron ellos quienes encontraron el S-21 y dieron a conocer al mundo lo que había ocurrido en él.

 

7 personas salieron con vida del S-21, solo 7 de, aproximadamente, unas 20.000 personas. Se decidió casi no tocar el edificio y dejarlo como fue encontrado para evidenciar el terror que se vivió. Las manchas de sangre permanecen en las paredes, las celdas asfixian con solo mirarlas, las herramientas de tortura producen náuseas, el alambre de púa en los balcones estremece.

 

 

 

Las posibilidades de salir con vida del S-21 eran prácticamente nulas. Quién entraba no sabía nunca el motivo de su pecado, pero siempre tenían que confesar culpabilidad para que el Angkar justifique sus actos de crueldad. Así es como un pintor declaraba ser espía de la CIA cuando jamás había escuchado hablar de esta organización. Otros eran aliados de Rusia o simplemente malas personas. Sentarse sin autorización o mirar a los ojos a un miembro del Angkar eran actos de desobediencia y esto se pagaba con el cuerpo.

 

Las fotografías de los Jemeres Rojos causan profunda tristeza. Cuando se observa los rostros de estos criminales se ven niños y niñas entre 9 y 15 años. Nada más perverso que recurrir a las mentes ingenuas de los niños para ejecutar este plan. Así fue que el Angkar armó un ejército de niños, niños que perdieron su inocencia a manos del régimen del terror.

 

Cuando las tropas vietnamitas entraron y notificaron lo que estaba ocurriendo en Camboya, los países de Occidente le dieron la espalda, principalmente porque el que informaba la tragedia era Vietnam. La ayuda tardó en llegar y las raciones de arroz proporcionadas por los vietnamitas no era suficiente. Se necesitaba apoyo económico, medicamentos, médicos, psicólogos, personas que ayuden a restablecer a un país partido.

 

Se estima que en total murieron 2 millones de personas. 1 de cada 4 camboyanos murió a causa de enfermedades, inanición, explotación física y psicológica o ejecución. Se dice que sólo un abogado sobrevivió.  Año Cero quebró a las familias. No hay persona en este país que no haya perdido algún hermano, hijo, padre, tío, abuelo o primo. Toda familia está marcada por la pérdida y hoy casi 40 años más tarde se siente.

 

En el 2009 murió Pol Pot en una zona cerca de la frontera con Tailandia. Murió custodiado por los Jemeres Rojos y con la compañía de su segunda mujer. Por esas cosas inexplicables de esta vida, murió sin ser condenado por haber liderado uno de los actos más brutales del siglo XX, el genocidio camboyano.

 

Para todo aquel que le interese este tema, recomiendo este documental de John Pilger

 

 

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